Por qué el Behemoth (y 3): la secularización del Reino de Dios en la Tierra

Incluso con el reconocimiento de la múltiple causalidad revolucionaria, insistimos en que Behemoth era el relato de una lucha entre facciones por el poder supremo y su legitimación por una serie de doctrinas político-religiosas que también determinaban la pertenencia a cada una de ellas. Y con la guerra civil como la máxima expresión de la lucha faccional, que quedaba como la causa última del cambio histórico. Una causa con la consecuencia final de la vuelta al estado de naturaleza: la destrucción mutua de las vidas y las propiedades de los hombres; la imposibilidad de la actividad económica (excepto el saqueo) por las exigencias militares y por su cortocircuito bélico; la destrucción de la república. Behemoth (¿el hipopótamo?), el monstruo apocalíptico de la tierra, del lugar donde ocurría la Historia, era el símbolo perfecto de aquella causalidad.

Casi dos siglos después de Hobbes, Georg Wilhelm Friedrich Hegel, el primer teórico del Estado, había de afirmar que la Historia no es el lugar de la dicha. Era la secularización del concepto cristiano de la vida terrena como un valle de lágrimas, como un lugar de desdichas continuas que solo había de ser superadas mediante la Parusía.

Y era así que, para Hobbes, tras el paso destructor del Behemoth cabía la posibilidad de la aparición de Leviatán (¿la ballena?), del monstruo apocalíptico del fondo del mar, del lugar sin Historia, del lugar de la estasis. Pero de un monstruo cuyo poder era incomparable en todo el planeta.

A la destrucción física de la Tierra profetizada en el libro bíblico del Apocalipsis y ejecutada por Behemoth podía seguir su regeneración material y espiritual, profetizada en ese mismo libro y ejecutada por Leviatán. Este aparecía en tanto que sistema político como la secularización del Reino de Dios en la Tierra. Así, no lo habitaban los santos vivos junto con los santos resucitados, sino hombres falibles; pero perfectibles tanto por la subordinación de las autoridades eclesiásticas a las civiles, garantía de la homogeneidad religiosa, como por la difusión de las doctrinas correctas mediante las universidades, todo lo cual habían de bloquear que aquellos con sus necesidades materiales cubiertas iniciaran una fronda.

Del mismo modo, en el Reino de Dios en la Tierra secularizado no quedaba suprimida la necesidad del castigo bíblico original del trabajo (el propio o el del prójimo, ya fuera el de los sirvientes o el de los esclavos) como único medio de satisfacer las necesidades materiales; pero por ser indivisible el poder soberano en él, la paz sociopolítica podía ser mantenida para asegurar a todos los hombres su vida, sus posesiones, y la busca de su subsistencia por el trabajo.

En suma, las dos coordenadas del perfeccionamiento humano y de la paz sociopolítica definían el sistema de Leviatán como el triunfo definitivo del orden universal/del cosmos sobre el caos/el estado de naturaleza/la crisis confesional/la guerra civil. Y en este triunfo final consistía el establecimiento del Reino de Dios en la Tierra.

La posibilidad de un Reino de Dios secularizado no anuló para Hobbes la promesa de la Parusía: en Leviatán afirmó explícitamente que, tras su segunda venida a la Tierra, el Reino de Dios había de consistir en el ejercicio del poder soberano por Jesucristo en persona, en virtud de las dos alianzas bíblicas de Dios con su pueblo (y de acuerdo con la teología de la Historia de la Reforma magisterial); con la consecuencia de que la libertad legal no había de ser sustituida por la libertad personal. Todo ello, en un momento desconocido y de un modo súbito, tal y como afirmaban los evangelios frente al satanismo de los profetas apocalípticos (como los hombres de la quinta monarquía), que afirmaban conocer su fecha, además de describir en Reino de Dios en la Tierra como la sustitución de la libertad legal por la libertad personal. Pero el que Jesucristo asumiera la soberanía en un Reino de Dios secularizado permitió que tanto los episcopalianos como los presbiterianos ingleses acusaran a Hobbes de secularizar también la Parusía.

Además, para Hobbes, el anuncio del Apocalipsis había de ser una sucesión de prodigios astronómicos (como el gran cometa de 1664). No estaba narrado de otra forma en el mismo libro bíblico, que hablaba de estrellas que habían de caer sobre la Tierra como tales anuncios (apuntamos que las estrellas fueron consideradas como grandes rocas incandescentes fijas en el cielo, no mayores que una montaña con todo, hasta el desarrollo de la astronomía moderna).

Los movimientos políticos en la Tierra eran un reflejo de los movimientos de los cuerpos celestes, por lo que la revolución era más que una metáfora astronómica. Galileo demostró que los planetas giraban en círculos en torno al Sol en revoluciones concéntricas, al igual que las lunas en torno a ellos. Una revolución política no era entonces sino el proceso por excelencia del cambio histórico. De ahí que Hobbes definiera el ciclo revolucionario de 1640-1660 como el culmen no solo de la Historia de Inglaterra, sino de toda la Historia, por la acumulación de violencia, de injusticias y de locuras causadas por la hipocresía y por vanidad que hubo entre aquellas dos fechas. Pero el Apocalipsis era el culmen histórico en las teologías de la Historia cristianas. La revolución política quedó definida entonces como un Apocalipsis secularizado.

Y ahí estaba el problema.

El capítulo 20 del libro bíblico del Apocalipsis afirmaba que el establecimiento del Reino de Dios en la Tierra había de ser en dos fases. En la primera, tras la Parusía, Jesucristo había de gobernar la Tierra durante mil años junto con los mártires resucitados. La segunda fase había de tener su inicio con la batalla culminante de la Historia, en la que el ejército de Jesucristo había de derrotar al de Satanás, tras lo que todos los muertos habían de resucitar para el Juicio Final. Después de este, Jesucristo había de reinar sobre una Tierra regenerada. Pero desde el gobierno del emperador Constantino I, asumir esa visión como una profecía de cumplimiento literal era incompatible con el mantenimiento de una Iglesia institucionalizada y asociada al Imperio. Esto llevó a que incluso algunas iglesias cristianas orientales discutieran la inclusión del libro del Apocalipsis en la Biblia.

A comienzos del siglo IV, Agustín de Hipona rebajó la literalidad de la profecía apocalíptica bíblica en su teología de la Historia, al afirmar que el Reino de Dios comenzó a ser realizado en la Tierra al instituir Jesucristo su Iglesia. Y a partir del siglo X las iglesias cristianas consideraron el libro del Apocalipsis como una alegoría en vez de como una profecía, con una ignorancia consciente de su vigésimo capítulo. Este fue rescatado y destacado por la mayoría de los movimientos apocalípticos que reivindicaron la literalidad profética del libro del Apocalipsis desde entonces, incluso hasta el siglo XXI en las iglesias y organizaciones fundamentalistas (como El Yunque, la sociedad secreta católica con militancia transatlántica hispánica y de la que Vox es su correa de transmisión política en España). De ahí el adjetivo historiográfico de milenaristas para caracterizarlos. Del modo más frecuente, las jerarquías de las diversas iglesias cristianas los consideraron como herejes.

Potencialmente, había un caso contra Hobbes del que solo lo salvaron sus padrinos políticos, en especial el monarca, y gracias en no poco a la pérdida de ese mismo favor regio por sus enemigos tras 1666. Cuatro años después de la muerte de Hobbes, la universidad de Oxford, el centro de la oposición contra su persona y su obra (y de una teología de carácter criptocatólico para las demás tendencias del protestantismo inglés) condenó oficialmente tanto Elementos filosóficos del ciudadano como Leviatán. Dos ejemplares de ambos libros fueron quemados en esa universidad.

Pero Hobbes dio todo un programa. El de la historiografía como el relato de la lucha por el poder entre facciones, legitimada por las doctrinas políticas, y que podía llevar a un Apocalipsis secularizado. Y un Apocalipsis no solo en el sentido de destrucción humana y material por la deriva de las luchas faccionales en una guerra civil, sino de la posibilidad del establecimiento de un Reino de Dios en la Tierra también secularizado. Que, como tal Reino de Dios, había de significar la abolición de esa sucesión de matanzas que es la Historia junto con la instauración de una paz interminable.

Hobbes fue así el eslabón entre la apocalíptica cristiana y el utopismo ilustrado. Pero un Reino de Dios en la Tierra secularizado no era el Reino de Dios en la Tierra. La perfectibilidad de los seres humanos no podía depender de hombres tan imperfectos como ellos. Y el gobierno solo para mantener la paz sociopolítica únicamente ha podido conducir a la estasis social, dado que incluso los descubrimientos científicos o sus aplicaciones tecnológicas han significado también sacrificios humanos y materiales.

Pero por largos que sea los períodos de estasis, el Behemoth, la Historia mitologizada para ser un relato moral, pero que como mito es un relato ajeno a la historiografía, habrá de renacer de su propia carroña como un Fénix negativo, que en vez de señalar a los seres humanos el inicio de una renovación sanadora impondrá el dolor y la muerte como los costes inevitables del cambio social.

La persistencia de la metáfora del cuerpo humano como superorganismo político en la portada del primer número de la revista Acéphale, fundada por Georges Bataille, un estudioso y escritor anarquista. El dibujo es de André Masson. En paralelo a la revista, Bataille intentó constituir una sociedad secreta para combatir el eventual establecimiento de un régimen fascista en Francia. Las características de dicha sociedad estaban simbolizadas en el dibujo de Masson: un cuerpo humano correctamente proporcionado pero acéfalo indicaba la carencia de jefaturas; la daga sostenida en una mano era el símbolo de los terroristas individuales revolucionarios desde los sicarios judíos del siglo I, igual que el corazón llameante sostenido por la otra era una apropiación del símbolo católico del sacrificio máximo. Fuente: Wikipedia.

 

Con mi agradecimiento a Alfredo J. Cañoto, por sus lecturas de los textos de esta serie antes de su publicación. Y a Jesús Bravo Lozano y a Aleix Romero Peña, por sus ánimos.

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