Jules Guesde y Jean Jaurès: vidas paralelas

Caricatura de Jean Jaurès (a la izquierda) y Jules Guesde (a la derecha) durante un debate en la ciudad de Lille en noviembre de 1900, por Henry Somm. Fuente: L’Histoire par L’Image.

Jules Guesde fue uno de los fundadores del Partido Obrero francés (en adelante, PO) en 1880, rebautizado como Partido Obrero Francés trece años más tarde, y fusionado con el Partido Socialista Revolucionario (que agrupaba a los blanquistas y a los marxistas reformistas que rechazaban el ministerialismo de Jaurès) en el Partido Socialista de Francia. El PO agrupó en un primer momento a los marxistas franceses. Su programa original fue redactado por Guesde junto con el mismo Karl Marx [“The Programme of the Parti Ouvrier”. Disponible en https://www.marxists.org/archive/marx/works/1880/05/parti-ouvrier.htm (consultado el 24 de septiembre de 2020; edición traducida al inglés y anotada del programa fundacional de 1880 del Partido Obrero)], y estaba dividido en un programa máximo y un programa mínimo.

El programa máximo fundacional del PO fue la propiedad colectiva de los medios de producción; el programa mínimo, una propuesta de medidas económicas y políticas para la participación en las elecciones bajo la condición del rechazo a la entrada en el gobierno junto a los partidos burgueses. Pero si Marx entendía que cualquier programa mínimo tenía que contener demandas realizables mediante la agitación parlamentaria y extraparlamentaria en una sociedad capitalista, Guesde y Paul Lafargue consideraban cualquier programa mínimo como un simple instrumento para atraer a los trabajadores al PO y alejarlos de los partidos demorrepublicanos: primero, por la demagogia; después, y tras de que la burguesía desestimase todas las demandas obreristas, cuando los trabajadores rechazaran toda ilusión reformista y apoyaran una revolución socialista. Una opinión que llevó a que Marx considerara a Guesde y a Lafargue (un socialista cubano-francés y también dirigente del PO, además de yerno del mismo Marx) como simples verbalistas, incapaces de reconocer el valor del reformismo obrerista en la sociedad capitalista entendido como un avance estructural hacia el socialismo.

Como otro ejemplo de la persistencia de los tópicos, indicamos que la frase de Karl Marx citada hasta el hastío como argumento de autoridad desde todas las direcciones políticas y con las intenciones más diversas: “Yo no soy marxista”, era una referencia irónica a Guesde y a Lafargue. Y no lo era (en una anticipación de acontecimientos que se ha llegado a hacer) por su rechazo del ministerialismo, que Marx también compartía, sino por su verbalismo y por su rechazo del reformismo. Aún más, la cita de Marx la conocemos no directamente por él, sino por una carta de Friedrich Engels a Eduard Bernstein fechada entre el día 2 y el 3 de noviembre de 1882 [disponible en https://marxists.catbull.com/archive/marx/works/1882/letters/82_11_02.htm (consultado el 24 de septiembre de 2020; traducida al inglés)]. Y no era exactamente: “Yo no soy marxista”, sino: “Lo cierto es que yo no soy marxista”, una frase mucho menos sentenciosa y con un matiz irónico en su contexto.

Entendemos la biografía de Jean Jaurès en paralelo a la de Guesde. Y como dos figuras históricas sobre las que están acumuladas las mitificaciones y las mistificaciones. Para intentar despejarlas usamos como esquema un breve texto del académico Ralph Engelman [“The problem of Jean Jaurès”, en Science & Society, vol. 37, n º 2, verano de 1973, pp. 195-202].

En sus inicios políticos, a fines de la década de 1880 y comienzos de la década de 1890, Jaurès fue un republicano moderado, cuya línea política era tan solo la oposición a que la monarquía fuera eventualmente restaurada en Francia con el apoyo de los tradicionalistas y de la Iglesia católica. A mediados de la década de 1890, Jaurès evolucionó al socialismo por la convicción de que un régimen de democracia republicana solo podía subsistir con una gran alianza política entre las clases medias, los campesinos, y los proletarios. Jaurès no se adscribió a ninguna de las tendencias socialistas existentes en Francia, ni, en correspondencia, a ninguna de las organizaciones socialistas francesas. Era lo que entonces era denominado en el lenguaje político francés un socialista independiente.

Como socialista independiente, Jaurès desarrolló una versión propia y ecléctica del socialismo: la aceptación de la economía como la causalidad histórica, pero con el rechazo de la dictadura del proletariado; la afirmación de la moral como una esencia desarrollada a lo largo de la Historia; en paralelo, la afirmación de los individuos voluntariosos y carismáticos como los sujetos históricos, no de las clases ni de las “ideas”. Entre mediados de la década de 1890 y la fundación de la Sección Francesa de la Internacional Obrera (en adelante, SFIO) en 1905, Jaurès propuso la unidad de acción de los socialistas con los republicanos radicales en defensa del demorrepublicanismo contra el militarismo y el clericalismo, lo que además había de permitir reformas que reforzaran al proletariado tanto en su organización política como en su situación económica. Una estrategia que le granjeó la oposición de los “guesdistas” y de los anarquistas, y que había de atraparle entre ella misma y su moral.

 

[Excurso: en el lenguaje político francés y desde fines del siglo XIX, los republicanos radicales eran aquellos que consideraban inseparable el establecimiento y la subsistencia de una democracia republicana de la lucha contra el militarismo y el clericalismo en tanto que eran las dos únicas fuerzas capaces de organizar a todos los enemigos del demorrepublicanismo. Y los medios para lograrlo era una politización de los valores masónicos, sobre todo, de la filantropía y del laicismo].

 

Primero, Jaurès apoyó en el Parlamento el imperialismo ultramarino francés según los argumentos del republicano moderado Jules Ferry (primer ministro en 1880-1881 y en 1883-1885, además de ministro de asuntos exteriores en su segundo mandato). Para Ferry, el imperialismo era una necesidad económica (asegurar nuevos mercados para los productos industriales) asociada de modo indisoluble al deber civilizatorio de las “razas superiores” y por intereses geopolíticos (bases para el reaprovisionamiento naval, imposibilidad del aislamiento diplomático). Más tarde, Jaurès apoyó en 1899 la entrada de Alexandre Millerand, otro socialista independiente, como ministro de comercio en el gobierno republicano radical junto al marqués Gaston de Galliffet: no era solo ministerialismo, era también el acceso a un gobierno en el que el ministro de defensa iba a ser el mismo general que dirigió la represión de la Comuna de París, la cual incluyó ejecuciones sumarias y deportaciones a las colonias. Mas, para los republicanos radicales, Galliffett era el general que aseguró la lealtad del ejército a la democracia republicana como gobernador militar de París en pleno escándalo Dreyfus. Lenin [What is to be done? Disponible en https://www.marxists.org/archive/lenin/works/1901/witbd/index.htm (consultado el 26 de septiembre de 2020; edición traducida al inglés y anotada del panfleto ¿Qué hacer?, publicado en 1902)] afirmó que la entrada de Millerand en el gobierno de republicanos radicales fue el mayor ejemplo práctico del revisionismo socialista.

Los gobiernos que los republicanos radicales franceses formaron entre 1899 y 1905 buscaron el apoyo de todas las tendencias de la izquierda estatalista en nombre de la defensa de la República durante el caso Dreyfus. Fue la misma lógica de la acción política de Jaurès durante esos años. En 1901 pidió a los sindicatos mineros, en huelga en toda Francia, que moderasen sus demandas para no socavar al gobierno. En 1904 justificó el espionaje gubernamental a los militares por medio de la masonería, hecho con el objetivo de conocer a los desleales a la democracia republicana y bloquear su ascenso.

Por una paradoja, la fundación de la SFIO, que significó la derrota del ministerialismo, marcó el ascenso de Jaurès en la política francesa y lo salvó de quedar atrapado entre su moral y su estrategia.

La industrialización en Francia abarcó desde el fin de las guerras napoleónicas en 1815 hasta el inicio de la Gran Guerra en 1914. Y estuvo concentrada en el noroeste del país. En resto de la sociedad francesa persistió una estructura económica de campesinos y artesanos. La Gran Revolución de 1789 fue también una revolución campesina, lo que resultó en una estructura agraria minifundista. Por su parte, los artesanos franceses lograron subsistir y asimilarse a las clases medias al orientar su producción a las exportaciones de lujo. Y los capitalistas franceses prefirieron la especulación en el mercado financiero internacional a las inversiones industriales. Además, el sistema político bonapartista había incentivado los estudios de ingeniería, lo que resultó en un amplio cuerpo técnico que amplió aún más las clases medias. En resumen, a comienzos del siglo XX en la sociedad francesa había un número de trabajadores industriales inferior al de Gran Bretaña o Alemania, junto con una clase campesina propietaria y unas clases medias tan amplias como aquella. A lo que había que añadir una pluralidad de tradiciones políticas izquierdistas mayor que la de los otros países europeos. Y una serie de experiencias históricas interclasistas de defensa político-militar de una nación entendida como la ciudadanía frente al despotismo (la Gran Revolución de 1789; las guerras revolucionarias de 1792-1802; la revolución de 1830; la Comuna de París de 1870). Unas experiencias históricas centrales sobre todo en la tradición política jacobina.

En esas condiciones, era difícil crear en Francia una única organización política de los trabajadores con un programa exclusivamente obrerista y que solo aceptase una tradición política de izquierdas. Pero los “guesdistas” no lo entendieron así. Justamente, al caracterizar a los “guesdistas” de “dogmáticos” no lo hacemos en sentido despectivo. Sino porque, en vez de considerar la filosofía marxista como un instrumento de análisis social, lo hicieron como el corpus de textos de un autor (el maestro) que había revelado la verdad esencial e incontestable (es decir, la Verdad con mayúscula) mediante la palabra. Y la correcta interpretación y puesta en práctica del corpus magistral, así como de las glosas a él incorporadas, era la que determinaba el estatus orgánico del militante. Incapaces de usar el marxismo como un método para el desarrollo de un programa revolucionario socialista acorde a las condiciones específicas de la sociedad francesa, el abandono del ministerialismo con la constitución de la SFIO no significó el triunfo de los “guesdistas”, sino su caída en el más puro y simple oportunismo hasta llegar al “socialpatriotismo” durante la Gran Guerra.

Los partidos socialistas de toda Europa sufrieron una fractura por el inicio de la Gran Guerra. En los estados beligerantes, una fracción llamó a los trabajadores al derrotismo revolucionario para impedir una guerra imperialista realizada en beneficio exclusivo de las distintas burguesías nacionales. Frente a ella, otra fracción llamó a apoyar el esfuerzo bélico del propio Estado en nombre de la defensa de la civilización frente a la barbarie (el militarismo germano, en el caso de la alianza franco-ruso-británica; el despotismo zarista, en el caso de Alemania). Estos últimos fueron denominados “socialpatriotas” con un matiz despectivo. Los derrotistas llamaron a una huelga general revolucionaria en los estados beligerantes que los trabajadores no secundaron. Los “socialpatriotas” defendieron a la vez la subordinación política de todos los partidos al poder ejecutivo, así como la subordinación de los intereses objetivos de los trabajadores al interés bélico estatal. Fue su aceptación del principio de la guerra total.

Pero antes, y por las estructuras sociales francesas, el eclecticismo de Jaurès fue más efectivo para conseguir que una organización política abarcara a todos los trabajadores de Francia que el dogmatismo “guesdista”. Tanto más cuanto que Jaurès entró en asociación con los sindicalistas revolucionarios como dirigente de la SFIO, lo que le permitió una mayor proximidad política a los mismos trabajadores. Y tanto más aún cuanto que Jaurès, tras la fundación de la SFIO, pasó del apoyo al imperialismo a criticarlo, en el entendimiento de que la competencia entre sistemas imperiales había de ser la causa de una guerra general europea. De ahí su apoyo al derrotismo revolucionario en la perspectiva inmediata de ese conflicto, el móvil de su asesinato el 31 de julio de 1914, solo tres días después de que el Imperio Austro-Húngaro declarara la guerra a Serbia.

Con todo, fueron los “guesdistas” quienes introdujeron la filosofía marxista en Francia y la extendieron a España mediante sus contactos con el PSOE. Además de crear con el PO por primera vez en la Historia de Francia un partido político moderno: una serie de comités locales y de grupos de afinidad, federados a nivel estatal, representados en congresos, con una misma dirección central, y con un programa sistemático común y difundido por la propaganda y la prensa. Fue el modelo orgánico que continuó la SFIO y más tarde el Partido Comunista Francés, y que los partidos burgueses asumieron. Por el contrario, la práctica política de Jaurès en la SFIO fue la de la movilización social por un líder carismático. Y he aquí la razón de que el “jauresismo” acabara con el asesinato de Jaurès junto con el derrotismo revolucionario en Francia (aunque la posibilidad del último resurgió tras la batalla de desgaste de Verdún en 1916). Algo en lo que, sin duda, tuvo que ver el concepto de la nación como ciudadanía enfrentada política y militarmente al despotismo.

Es bien significativo que quienes han reivindicado la figura de Jaurès tras su muerte hayan sido socialistas (estatalistas o libertarios) que han compartido su entendimiento de la política. O que han considerado la propia política como una lucha heroica, en el sentido de dar testimonio de vida por una causa hasta ser capaces de entregarla (“mártir” es la castellanización de “testigo” en griego). Un ejemplo es el de Leon Trotski [“French Socialism. Jean Jaurès”. Disponible en https://www.marxists.org/archive/trotsky/profiles/jaures01.htm (consultado el 28 de septiembre de 2020; traducción al inglés anotada de un apunte biográfico publicado por vez primera el 9 de enero de 1909 en Kievskaya mysl, El pensamiento de Kiev en traducción al castellano, un periódico liberal ucraniano del que Trotski fue corresponsal en el extranjero). “Jean Jaurès. Essay”. Disponible en https://www.marxists.org/archive/trotsky/profiles/jaures02.htm (consultado el 27 de septiembre de 2020; traducción al inglés anotada de otro apunte biográfico publicado por vez primera en Kievskaya mysl el 17 de julio de 1915)]. Quien, por lo demás, fue un dogmático en el sentido magisterial que le damos a la palabra.

En sus apuntes biográficos sobre Jaurès, publicados en 1909 y en 1915, Trotski describió a Jaurès como un líder del proletariado a la vez que un doctrinario, con unas cualidades intelectuales e incluso físicas de excepción en las que destacaba el voluntarismo. Era significativo que Trotski admirara más su capacidad retórica que su capacidad de análisis sociopolíticos. Y que llegara hasta extremos que no pueden ser calificados sino de idealistas al considerar que Jaurès personificaba la tradición revolucionaria nacional ubicada en el “subconsciente” colectivo de los franceses.

En 1919 Raoul Villain, el nacionalista católico que asesinó a Jaurès, fue absuelto del crimen por un jurado que consideró que, de haber vivido, Jaurès hubiera conseguido imponer sus ideas y así dar la victoria sin combates al ejército alemán. Para mayor escarnio, la viuda de Jaurès fue condenada al pago de las costas judiciales. A la busca del anonimato, Villain se exilió en una aldea de Ibiza. El 13 de septiembre de 1936 fue asesinado por los milicianos antifascistas catalanes que habían tomado la isla el mes anterior en apoyo del desembarco de Mallorca. En una ironía de la Historia, los milicianos antifascistas que mataron a Villain desconocían quién era, pero sospechaban que un extranjero que se había enfrentado a ellos en la calle por su iconoclasia religiosa era un espía enemigo. Su asesinato fue una más de las represalias por los bombardeos de la aviación italiana sobre Ibiza durante los dos días anteriores y en los que murieron al menos 40 personas. Unas represalias que culminaron en la ejecución de no menos de 90 prisioneros en el castillo de la isla.

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