La herrumbre historicista en la trampa de la intelectualidad (con un apunte para la genealogía del plagio en España)

El tuit del día 15 de junio de 2021 por el que la edición de La Rioja del informativo digital El Salto hizo público el plagio del artículo de Aleix Romero Peña publicado por ellos y del reconocimiento de la comisión de dicho plagio por Sergio Cañas.

El día 11 de junio de 2018, el historiador Aleix Romero Peña publicó un artículo con el título de: “San Bernabé o la reescritura de la Historia” en la edición de La Rioja del informativo digital El Salto. Del artículo citamos los siguientes párrafos (entre corchetes, nuestras observaciones):

 

“Hablamos de episodios militares [concretamente, el cerco de Logroño por un ejército franco-navarro durante la Guerra de Italia de 1521-1526] que involucran a la población civil, generando en ella y aparentemente, cierta conciencia de pertenencia a un colectivo. San Bernabé [el santo asumido como patrono por el ayuntamiento logroñés al haber sido roto el cerco franco-navarro por un ejército castellano en el día de su festividad] es un auténtico lugar de la memoria, al que diferentes generaciones logroñesas han peregrinado con el deseo de simbolizar y perpetuar su adscripción a una misma comunidad.

“(…)

“Los votos a San Bernabé, la erección de arcos efímeros –con polémicas incluidas sobre si incluir o no la bandera de La Rioja–, el reparto de raciones de peces o las recreaciones del asedio son distintos elementos de una tradición en permanente renovación de sus rituales. Según los gustos y modos de la época, se acentúan unos aspectos sobre otros, cuando no directamente se inventan, aún y cuando la contradicción sea notoria. (…) en un primer momento todos los actos giraban en torno a la fidelidad de los logroñeses a su rey, afianzando el absolutismo en la ciudad; después se engrandeció el éxito militar; más adelante, en pleno furor por los expedientes de hidalguía, se destacó y se exageró el heroísmo mostrado por los ancestros de los pretendientes al estamento noble; avanzado el tiempo, se insistió en aspectos más humanitarios fijándose en el hambre provocada por el asedio –naciendo así la quimera de que los lugareños se alimentaron durante el sitio de peces cogidos furtivamente del río–; y por último, especialmente por parte de algunos de los sectores más alternativos de la ciudad, se ha hecho hincapié en el carácter de resistencia ‘popular’ que tuvo el evento, otorgándole de manera anacrónica una connotación progresista.”

 

En el año 2021 fue publicado El cerco de Logroño de 1521: mitos y realidad, un libro conmemorativo del quinto centenario del hecho y coordinado por el también historiador Diego Téllez Alarcia. El volumen era de autoría colectiva. Uno de sus capítulos, “La fiesta de San Bernabé en perspectiva histórica (1521-1931)”, incluido entre sus páginas 365 y 396, estaba firmado un texto por otro historiador, Sergio Cañas Díez. Citamos de un párrafo de este capítulo, en la página 367 del volumen:

 

“(…) en el caso de San Bernabé se ha señalado acertadamente que se trata, strictu senso [sic], de un episodio militar que involucra a la población civil [sin signo de puntuación ninguno antes de la cita] ‘generando en ella y aparentemente, cierta conciencia de pertenencia a un colectivo. San Bernabé es un auténtico lugar de la memoria, al que diferentes generaciones logroñesas han peregrinado con el deseo de simbolizar y perpetuar su adscripción a una misma comunidad’ [se trata de una cita del artículo de Romero Peña al que Cañas Díez remite justo tras la cita mediante una nota a pie de página].”

 

Citamos ahora el párrafo final del mismo capítulo, en la página 396 del volumen:

 

“Los votos a San Bernabé, la erección de arcos efímeros –con polémicas incluidas sobre si incluir o no la bandera de La Rioja–, el reparto de raciones de peces o las recreaciones del asedio son distintos elementos de una tradición en permanente renovación de sus rituales. Según los gustos y modos de la época, se acentúan unos aspectos sobre otros, cuando no directamente se inventan, aún y cuando la contradicción sea notoria. En un primer momento todos los actos giraban en torno a la fidelidad de los logroñeses a su rey, afianzando el absolutismo en la ciudad; después se engrandeció el éxito militar; más adelante, en pleno furor por los expedientes de hidalguía, se destacó y se exageró el heroísmo mostrado por los ancestros de los pretendientes al estamento noble; avanzado el tiempo, se insistió en aspectos más humanitarios fijándose en el hambre provocada por el asedio –naciendo así la quimera de que los lugareños se alimentaron durante el sitio de peces cogidos furtivamente del río–; y por último, especialmente por parte de algunos de los sectores más alternativos de la ciudad, se ha hecho hincapié en el carácter de resistencia ‘popular’ que tuvo el evento, otorgándole de manera anacrónica una connotación progresista. [Nota bene: hasta aquí, el párrafo reproduce literalmente uno de los párrafos del artículo de Romero Peña que hemos citado más arriba] Todo lo cual no empaña sino que demuestra la necesidad que tienen las comunidades humanas por dotarse de un pasado común para reforzar sus lazos de vecindad. Otra cosa es la historia como ciencia que estudia de manera científica el pasado. Para lo cual remitimos a otros capítulos del presente libro.”

 

El plagio del artículo de Romero Peña era innegable. Como tal fue hecho público en la cuenta de la red social Twitter por el mismo informativo digital que publicó dicho artículo. Y con una referencia a un reconocimiento del plagio por parte del propio Cañas Díez. En la cuenta del último en esa misma red social no hemos leído ningún reconocimiento del plagio. Ni tampoco en su cuenta de la red social Facebook.

Antes de publicar ese texto plagiado, en el año 2015, Sergio Cañas Díez publicó junto con María Antonia San Felipe Adán el libro Historia de la industria de conservas vegetales: Calahorra (La Rioja) 1852-2014 . En la página 524 de dicho libro hay una tabla comparativa sobre las: “Diferencias de puesto y de salario según el sexo (en pts. [pesetas]) Calahorra. Año 1932”. A pie de tabla está escrito:

 

“Fuente: Memoria descriptiva del desarrollo comercial e industrial de la provincia. Año 1932, Logroño, Cámara Oficial de Comercio e Industria de la Provincia de Logroño, 1933, apartado X, pp. 24-25. Elaboración propia.”

 

Este pie de tabla tiene una nota a pie de página en la que se pone como referencia de los datos de dicha Memoria a otro artículo de Aleix Romero Peña: “Las trabajadoras de la industria conservera en Calahorra (1900-1942)”, publicado entre las páginas 131 y 145 de Oriente y occidente: la construcción de la subjetividad femenina. Este libro, publicado en 1914, era la edición de las ponencias presentadas a la III Reunión Científica sobre Igualdad y Género organizada por la Universidad de La Rioja, celebrada en Logroño en marzo de 2013; un volumen coordinado por Edurne Chocarro de Luis y María del Carmen Sáenz Berceo, dos profesoras de la Universidad de la Rioja.

De acuerdo con el pie de tabla de Cañas Díez y de San Felipe Adán, su comparativa es un trabajo propio a partir de unas series de datos que Romero Peña da en su artículo a partir de una fuente primaria. De ser así, no habría nada que objetar, en tanto que Cañas Díez habría empleado una fuente secundaria que tan solo proporcionaba datos sin compararlos. Sin embargo, en la página 133 del artículo de Romero Peña había una tabla comparativa exactamente igual.

El plagio de 2021 tuvo un precedente seis años atrás.

El caso de Cañas Díez proporciona un ejemplo inmejorable de la trampa de la intelectualidad. Esta arranca de la transformación de los textos ensayísticos (incluso los de investigación, pero sobre todo los divulgativos) en mercancías como bienes de consumo, con un intelectual (o aspirante a serlo) como su productor. Unas mercancías puestas en oferta o bien en el mercado genérico (textos de divulgación), o bien en el mercado académico (textos de investigación).

Pero en el mercado genérico la relación entre productor y consumidor no es personal, al existir una serie de intermediarios (entre los que destacan los empresarios editoriales y los distribuidores para los textos mercantilizados), con las relaciones entre todos ellos reguladas por la competición económica y la maximización de beneficios (la última puede incluir la innovación tecnológica tanto como la reducción de los salarios reales). Mas, en apariencia, un mayor o menor beneficio depende de la mercancía en sí en vez de la materialización de unas relaciones socioeconómicas concretas; estas, ignoradas de modo consciente o inconsciente por los consumidores. Los textos adquieren así el mismo dominio sobre sus propietarios que las demás mercancías, a las que les son asignadas una existencia propia e incluso unos poderes suprarracionales. En esto consiste lo que Karl Marx denominó el fetichismo de la mercancía.

Ahora bien, en el mercado académico no existe una relación impersonal y muy mediatizada entre el productor/autor y unos consumidores ajenos a la supuesta clase intelectual. Al contrario, existe una relación personal e incluso inmediata entre el productor y una jerarquía a la que pertenecen los consumidores y en la que él mismo se sitúa. Una jerarquía cuyos miembros pertenecen o aspiran a ser miembros de la supuesta clase intelectual. Y una jerarquía caracterizada además por su burocratización; por su estratificación; e incluso por su territorialización. Porque si las universidades son el centro ideológico y geográfico de la academia (la ubicación de Cañas Díez en 2021), los institutos de enseñanza secundaria son su periferia (la ubicación de Romero Peña en 2021). Tanto más periféricos territorialmente cuanto más alejados de las ciudades en tanto que centros administrativos.

En la estructura académica, en las que (enfatizamos) las relaciones son personales e inmediatas, el autor no deviene en un productor, sino en una mercancía él mismo. Con su objetivo inmediato no en el beneficio económico, que en el mercado genérico suele venir más en forma de colaboraciones fijas en los medios de comunicación que en forma de derechos de autor. Sino en el reconocimiento por sus pares como miembro de la supuesta clase intelectual que forma la jerarquía académica, seguido del reconocimiento como un maestro. Es decir, como un autor de quien la correcta interpretación y glosa de sus textos determina el estatus de otros en una jerarquía sociocultural.

Sin embargo, la transformación del autor/productor en un bien en el mercado académico también implica una variante del fetichismo de la mercancía, en tanto que esa transformación materializa las relaciones académicas. Y no solo las de la jerarquía institucional (con las características que ya indicamos), sino las puramente políticas de clientelismo/patronazgo, y faccionalismo: el artículo de Romero Peña materializa su relación con dos profesoras universitarias ajenas a su especialidad (Chocarro de Luis, de magisterio; Sáenz Berceo, de Derecho), y en un espacio a priori abierto a todos los académicos (o aspirantes) como es un congreso; el de Cañas Díez materializa su relación con San Felipe Adán en términos de igualdad en cuanto que autores de un mismo texto. Es decir, con una intermediaria política y poseedora de un capital relacional en tanto que alcaldesa de Calahorra entre 1987 y 1995 y diputada autonómica de La Rioja también desde 1987 y hasta 2011 por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

Es de esas relaciones académicas de las que depende el éxito del autor/productor/mercancía, con sus textos indisociablemente unidos a él (y mercantilizados) mediante el currículo. Este exige no solo una publicación continua de textos como en los productores para el mercado genérico. Sino que dichos textos cumplan con una serie de requisitos, como el empleo de un lenguaje especializado (caso de “lugar de la memoria” o de “absolutismo” en el primer artículo plagiado de Romero Peña). O como el supuesto aporte de nuevos datos o la organización de estos (caso de la tabla en el segundo artículo plagiado de Romero Peña). Ahí están dos razones de Cañas Díez. Quien, en tanto que profesor universitario, es también un burócrata que tiene que cumplir con una serie de funciones administrativas y no solo docentes, lo que limita su tiempo para la escritura y la investigación. Esta es la justificación para el empleo ordinario y aceptado, siempre con discreción, de autores anónimos (becarios, de manera casi universal) en textos firmados por académicos (los vulgarmente llamados negros). Y hasta del recurso directo al plagio.

Entendemos mejor así que la materialización de las relaciones instituciones y políticas en el autor junto a su currículo indisociablemente asociado sea ignorada de una manera del todo consciente cuando no negada en público por los académicos o aspirantes a serlo que tienen un vínculo personal directo con el autor/mercancía (e incluso sin tenerla), a quien le atribuyen un poder carismático. Es así como el autor/mercancía establece su dominio sobre las relaciones con los académicos o con los aspirantes a serlo (como sus becarios/negros).

La variante académica del fetichismo de la mercancía es muy similar a cómo los autores/productores para el mercado genérico obtienen las ya mencionadas colaboraciones fijas en los medios de comunicación. Aquí, el autor está indisociablemente unido a un historial de éxitos de mercado (medidos en ventas y en concursos literarios, los últimos, no pocas veces concedidos antes de su convocatoria pública) y transformado en una mercancía que materializa no solo unas relaciones políticas (insistimos: como cliente y como miembro de una facción, y eventualmente como un patrono él mismo), sino también unas relaciones de amistad. Pero “amistad” entendida como una sociabilidad común en vez de como la fraternidad elegida. Una materialización que también es ignorada a conciencia y de modo absoluto por los miembros de esas redes relacionales, mientras también le es atribuida un poder carismático a la fusión del autor con su éxito comercial según el último, lo que le permite el dominio sobre dichas redes.

En última instancia, el objetivo es el mismo tanto para los productores de textos para el mercado genérico como para los productores para el mercado académico: el acceso a la supuesta clase intelectual para lograr un aumento o el mantenimiento del propio estatus. Incluso con el acceso a las instituciones y honores académicos también por parte de los productores para el mercado genérico.

En eso consiste la trampa de la intelectualidad (como bien intuyó el usuario de Twitter de seudónimo Frantz Fanon): en la transformación consciente de los autores en mercancías como la precondición de su ascenso o de su mantenimiento de su estatus social, con una ignorancia igual de consciente a la vez que total de cualquier otra circunstancia. Incluidos los intereses objetivos o subjetivos de las personas con las que entran en relación de clientela, patronazgo, participación en faccionalismos, o amistad política. El ascenso social o evitar el descenso social quedan subordinados a cualquier otra consideración.

 

[Excurso: en este texto hemos escrito “supuesta” como un epíteto de “clase intelectual” con insistencia. El concepto de intelectual surgió en Europa tras las guerras revolucionarias de 1792-1815. Definía a aquellos varones que definían y mantenían la cultura nacional gracias a su educación, su inteligencia, y su moralidad. Los movimientos de liberación nacional y el demorrepublicanismo definieron a los intelectuales como una clase que había de dirigirlos hacia el cumplimiento de sus fines políticos respectivos. Habían de ser los diversos socialismos los que negaran la existencia de una clase intelectual, con una afirmación de la existencia de intelectuales tanto entre los capitalistas como entre los trabajadores, y que defendían los intereses objetivos de sus clases respectivas].

 

La trampa de la intelectualidad puede herrumbrarse de manera metafórica por el historicismo: a la vez, la causa de una infección mortal y de la quiebra de una estructura por la rigidez de sus componentes oxidados.

En su origen, “historicismo” fue un término acuñado por la filosofía y la historiografía alemanas a finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX para definir cómo toda esencia era definida por la Historia. Con el consiguiente rechazo a todos los apriorismos metafísicos y a las grandes teorías historiográficas para llegar a entender la esencia de cualquier materia. Respecto a la política, el historicismo la consideró como la defensa del Estado en tanto que materialización de la esencia nacional. En la actualidad, “historicismo” es una palabra que ha perdido todo significado. Como es habitual, por el abuso de su empleo como una etiqueta peyorativa contra cualquier oponente político. Y desde la ultraizquierda hasta la ultraderecha.

Pero la Historia no es sino un constructo de la historiografía o de la memorialística. E igual de inútil en ambos casos, excepto para la legitimación de matanzas colectivas: la infección mortal ideológica. O excepto para la construcción de teorías totalizantes que anulan incluso la posibilidad del empirismo político: la quiebra por rigidez de una estructura.

Frente al historicismo, quizás quede una genealogía del plagio historiográfico y memorialístico como el intento de negarlo radicalmente.

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