Foto de Arthur Lehning, sin autor ni fecha. Fuente: Sikkens Prize.
Sobre el sindicalismo revolucionario existe una acumulación de tópicos historiográficos que lo contraponen al anarcosindicalismo. Según uno de ellos, muy relacionado con los tópicos sobre la Segunda República y la Guerra Civil española, los sindicalistas revolucionarios españoles fueron todos aquellos que aceptaron la transformación de los sindicatos de clase en sindicatos de Estado en un régimen político progresista.
En realidad, el anarcosindicalismo fue un desarrollo del sindicalismo revolucionario de la que sus proponentes nunca plantearon que fuese una tendencia no solo antitética, sino ni tan siquiera rival de la segunda. Esto ya lo explicó hace décadas Arthur Lehning [“Del sindicalismo revolucionario al anarcosindicalismo”, en Cuadernos de Ruedo Ibérico, n º 58/60, julio/diciembre de 1977, pp. 55-75], un militante anarquista además de uno de los fundadores del Instituto Internacional de Historia Social, ubicado en Ámsterdam, y con el archivo mundial más extenso sobre el obrerismo organizado
Los conceptos fundamentales del sindicalismo revolucionario eran la definición del sindicato con sentido apoliticista como la organización económica y técnica de la clase obrera pero no como su organización política; la asociación de los trabajadores en sindicatos de clase locales federados en libertad; la federación sucesiva de los sindicatos locales en sindicatos de empresa y de estos en sindicatos de sector económico o sindicatos únicos; el rechazo del parlamentarismo en nombre de la acción directa de los trabajadores, sobremanera de la huelga; la afirmación del recurso a la violencia como una forma legítima de acción directa; y el rechazo explícito del socialismo estatalista en tanto que el objetivo del sindicato no era tomar el poder estatal, sino organizar a toda la clase obrera para que esta a su vez reorganizase la economía según principios socialistas.
La aparición del sindicalismo revolucionario fue una de las consecuencias de la derrota militar absoluta de la Comuna de París en 1871. Tras esta, y con la creación del Partido Socialdemócrata Alemán en el Congreso de Gotha de 1875 como parteaguas, los socialistas estatalistas optaron en exclusiva por la estrategia parlamentaria y desecharon la estrategia insurreccional revolucionaria. El revisionismo tomó carta de naturaleza. Y una parte no pequeña del movimiento sindical europeo lo entendió como el abandono por el socialismo estatalista de la lucha por el cambio histórico hacia una sociedad socialista. A partir de aquí, el sindicalismo revolucionario fue formulado por los militantes sindicales que quisieron no sólo reafirmar la acción directa frente al parlamentarismo, sino también organizar económicamente a la clase obrera en sindicatos al margen del Estado, y de forma apoliticista para evitar el enfrentamiento entre las tendencias políticas socialistas. Eran conceptos relacionados.
Los sindicalistas revolucionarios definieron el sindicato como la organización económica revolucionaria de la clase obrera. A priori, significó el rechazo del concepto marxista del partido del proletariado como la organización política revolucionaria de la clase obrera. A posteriori, los sindicalistas revolucionarios también rechazaron el concepto marxista de la dictadura del proletariado.
Los sindicalistas revolucionarios plantearon la organización de la clase obrera en cada empresa y en cada población mediante sindicatos únicos; es decir, sindicatos de cada sector económico y con solo uno por cada sector económico. Esta organización había de permitir una verdadera acción colectiva de la clase obrera frente a la capitalista por encima de las divisiones geográficas y laborales de aquella. Una vez logrado ese objetivo, los sindicatos únicos habían de ser los sujetos de una huelga general revolucionaria, con un programa socialista libertario: establecimiento de la propiedad colectiva de los medios de producción por la clase obrera en una federación libre de sindicatos únicos, la cual tenía que reemplazar al Estado como institución política. La federación sindical libre había de ser la instancia coordinadora de la economía socialista, mediante la que los sindicatos únicos miembros, a la vez que asumían la administración económica cotidiana, habían de poder compartir sus conocimientos técnicos. Todo ello eliminaba la necesidad del desarrollo de una burocracia de carácter político o técnico en un “Estado obrero”.
El mayor triunfo político del sindicalismo revolucionario fue el IX congreso de la Confederación General del Trabajo (en adelante, CGT), el sindicato francés fundado en 1895. El congreso fue celebrado en la ciudad de Amiens en 1906.
En el IX congreso de la CGT fue aprobada la llamada Carta de Amiens. Esta era una plataforma política: un documento que todos los miembros de una organización tienen que asumir en su totalidad, aunque no acepten algún punto específico de él.
Los dos puntos principales de la Carta de Amiens fueron la adopción de la huelga general revolucionaria como estrategia política y el apoliticismo. El último fue adoptado para evitar las luchas entre las diversas tendencias políticas del socialismo en Francia, divido entre libertarios y estatalistas, y sucesivamente en varias tendencias del socialismo estatalista. Las últimas estaban en un proceso de unificación que llevó a que en 1902 fueran fundados en paralelo el Partido Socialista Francés, bajo el liderazgo de Jean Jaurès, y el Partido Socialista de Francia, bajo el liderazgo de Jules Guesde. Justo un año antes del IX congreso de la CGT, y por la influencia del Congreso Socialista Internacional (la II Internacional), los dos partidos socialistas habían sido unificados en la Sección Francesa de la Internacional Obrera (en adelante, SFIO). La SFIO, en el momento de ser fundada, y también por influencia de la II Internacional, rechazó el ministerialismo (la entrada de ministros socialistas en gobiernos no socialistas). Significó el respaldo a la tendencia “guesdista” y la desautorización de la “jauresista”.
La Carta de Amiens, en tanto que plataforma política, permitió que los sindicalistas revolucionarios de las diversas tendencias del socialismo francés controlaran la CGT frente a los laboristas antes de la Gran Guerra. “Laboristas” en el sentido de proponer que el sindicato fuera un simple instrumento de reivindicaciones laborales dentro de la sociedad capitalista.
En España, los sindicalistas revolucionarios fundaron la CNT en 1910. En el Congreso de la Federación Regional Catalana de la CNT celebrada en el barrio barcelonés de Sants en junio de 1918 fue aprobada la propuesta de organizar la confederación en sindicatos únicos. No fue sino un desarrollo de ese carácter fundacional.